El domingo 28 de abril
(28A) se llevaron a cabo elecciones generales en España y su resultado puede
convertirse en el impulso que saque a este país del marasmo político. Pedro
Sánchez, del Partido Socialista Obrero Español (PSOE) ganó con claridad y seguirá
siendo presidente, sólo que ahora con el respaldo político que otorga el peso
de las urnas. La derecha en todas sus vertientes apostó por la polarización
política y perdió.
Al cierre de este
material, y con el 99,9 por ciento de total de votos escrutado, el PSOE tiene poco
más de 7 millones 480 mil votos, lo que representa el 28,7 % de la totalidad.
Le sigue el Partido Popular (PP) con 16,7%; luego Ciudadanos con 15,9%; Unidas
Podemos 14,3%; el ultraderechista Vox con 10,3% y el resto 10,1% se reparte
entre distintas entidades. Cabe destacar que la participación de la población
en la jornada fue bastante alta (75,75% ).
En términos esquemáticos
de interpretación política, la elección reflejaba la diputa entre derecha (tres
partidos PP, Ciudadanos y Vox) y la izquierda, representada por PSOE, Unidas
Podemos e Izquierda Unida. Alrededor o en medio del espectro político se
encontraban entidades u organizaciones nacionalistas y también secesionistas.
La votación fue la
culminación de un proceso preelectoral caracterizado por los insultos, la
propaganda incendiaria, las descalificaciones de todo tipo y la falta de claridad en
los programas. Los relatos
privilegiaron la exaltación de los sentimientos, el fomento al odio y el
resentimiento. Principalmente la derecha que optó por incendiar la
arena política propagando el miedo a la presunta “rotura” de España.
Quizá fue el voto del
miedo a los extremos lo que provocó una avalancha de votos al PSOE y su
candidato Pedro Sánchez. A fin de cuentas, durante los últimos meses Sánchez ha
gobernado España en condiciones desfavorables. Ahora tiene el respaldo de los
votos y un número importantes de escaños (123), aunque no suficientes para evitar
los pactos políticos.
En el actual escenario y
tomando en cuenta las primeras reacciones de los contendientes, pareciera
lógico que los partidos de izquierda pudieran ponerse de acuerdo para formar
gobierno, una especie de vertiente portuguesa. Sin embargo, el “cainismo
político” es una gran tradición en la izquierda.
Por el momento las elecciones
del 28A dejan algunas lecciones. Se pidió el voto y la gente respondió rechazando
las opciones más polarizantes e intransigentes. La extrema derecha salió del
clóset y ahora, al igual que en otras partes de Europa, entró en el Congreso (24
escaños).
En este contexto, estas
elecciones pueden representar el fin de un ciclo de inestabilidad política
constante en España. Se abre la posibilidad de que el diálogo y la negociación
impulsen los cambios que se necesitan. La izquierda española tiene la
oportunidad histórica de llevarlo a cabo. Los temas esenciales de justicia
social, rescate y respeto al medio ambiente, igualdad de género, migración,
entre otros, tienen que ser prioritarios. La votación masiva en España se
pronunció por el diálogo.