Como llegó se va. O quizá regresa. El presidente español, Pedro Sánchez, decidió convocar a elecciones generales para el próximo 28 de abril, luego de que los independentistas catalanes rechazaron los presupuestos de gobierno, hecho que precipitó su plan original de mantenerse en el poder hasta el 2020.
El panorama político español es de crispación, ruido y gritos entre los principales partidos. No se vislumbra ningún escenario estable. Los relatos de unos y otros privilegian exaltar los sentimientos. Abunda el patrioterismo, el fomento al odio y el resentimiento. Igual que en otros puntos de Europa, no son tiempos de lucidez política.
Sánchez duró casi nueve meses en el poder, gracias a la moción de censura que presentó el 31 de mayo del año pasado. En esa ocasión, tuvo el apoyo de los parlamentarios de la izquierda, pero también de los nacionalistas vascos y los independentistas catalanes. Pudiéramos decir que un conglomerado débil que, sin embargo, abría la posibilidad de buscar alternativas al encono político, la crispación y aparentemente dispuestos a combatir la corrupción.
Poco pudo hacer Sánchez, pero algunas de las cosas que hizo fueron bien vistas dentro del país y también fuera. Por ejemplo, nombrar un gabinete más profesional y equilibrado en cuestión de género; buscar desinflamar el conflicto catalán y echar andar políticas mínimas en ciertas áreas sociales.
Así, por ejemplo, aceptó políticas de izquierda como aumentar el salario mínimo profesional a 900 euros, también aumentó las pensiones mínimas (de 1,6 a 3 por ciento) y el salario de los burócratas en 2,5%. Además, impulsó el diálogo con todas las fuerzas políticas, en busca de reformas. En síntesis, se comportó con una imagen de estadista, aunque no exento de errores.
Dos de sus ministros fueron obligados a dimitir, por escándalos sobre acciones fraudulentas en su historial y la Ministra de Justicia, Dolores Delgado fue reprobada por el Congreso, por un escándalo de escuchas. En la política internacional, Sánchez se alineó a la Unión Europea con mucha facilidad, tanta que hasta apoyó con ligereza el caso de Venezuela, reconociendo un gobierno autoproclamado, en un escenario que puede convertirse en una tragedia.
De hecho, el tema venezolano había acaparado los titulares principales en España, hasta que la palabra “relator”, en una propuesta de diálogo que se daría entre partidos catalanes, dinamitó el escenario y puso todo otra vez blanco y negro. El tema catalán desvencijó el precario entramado que sostenía a Sánchez.
La búsqueda de una solución política a la opción independentista, a través del diálogo, volvió a obstruirse y se incendió el escenario político. Curiosamente, los enemigos en el terreno político (independentistas y derecha española), fueron los componentes que precipitaron el llamamiento a elecciones.
Los relatos de los independentistas más radicales y de la derecha más extrema, son los que alimentan la hoguera. Desde un lado se señala a España como una dictadura más que bananera, opresora y antidemocrática, mientras que del otro se califica al gobierno de “traidor” que busca la destrucción de España. Todos hablan en nombre del pueblo (español y catalán), pero el pueblo no parece hacerles eco.
En este contexto, las elecciones del 28 de abril, serán las terceras en menos de cuatro años y, de acuerdo a las encuestas, no hay opción para que algún partido las gane con claridad. Serán de nuevo las coaliciones las que podrían conformar un gobierno. Un escenario posible es el de las tres derechas (PP, Ciudadanos y el ultraderechista Vox). Alianza política que les permitió a estos partidos formar gobierno en Andalucía.
Sin embargo, también puede ocurrir que otra confluencia de izquierda, nacionalistas vascos e independentistas conforme gobierno y regrese al poder al resistente Pedro Sánchez. La moneda está en el aire y España sigue el mismo patrón europeo de fraccionamiento e inestabilidad política que domina Europa.
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