Por: Joaquín Pérez
Sánchez
España inicia 2019 en un
escenario político poroso que poco cambia en los componentes económicos, pero
que en el terreno político se fragmenta como si fuera tierra arcillosa. El
presidente Pedro Sánchez, el más débil en el poder en los últimos tiempos, se
mueve a traspiés para mantenerse y tratar de cumplir lo que queda de mandato,
pero parece una tarea imposible.
Sánchez, está en la
presidencia desde el dos de junio pasado, gracias a la Moción de censura que
presentó contra el gobierno de Mariano Rajoy (31 de mayo 2018). La corrupción
fue el detonante que dinamitó la gestión anterior.
El espectro político
español luce igual que casi en todas partes de Europa. Se vive una irrupción de nuevas formaciones o la separación política de fracciones de los partidos tradicionales. El clásico esquema de izquierda/derecha
o liberal y conservador, resultan obsoletos. El caso español así lo demuestra.
El 20 de diciembre de
2015 se llevaron a cabo elecciones generales cuyos resultados cambiaron el mapa
político español. El Partido Popular (PP) y el Partido Socialista Obrero
Español (PSOE), actores privilegiados durante las últimas tres décadas, recibieron
una fuerte sacudida y entre las dos fuerzas apenas alcanzaron el cincuenta por
ciento de los votos. Hecho que además provocó una política de alianzas para
poder formar gobierno.
De esta manera irrumpieron
en el Congreso, nuevas formaciones políticas. Podemos desde la izquierda y
Ciudadanos desde la derecha. La “ilusión” despertada pronto alcanzó sus límites.
En las elecciones del 26 de junio de 2016, las expectativas de cambio político
en España se diluyeron en las urnas.
El bipartidismo siguió
vivo y los nuevos jugadores alcanzaron sus límites. El PP sigue siendo el más
votado, con poco más del 33 por ciento; el PSOE 22 por ciento; PODEMOS 13, 37 y
Ciudadanos 13,05. La abstención es importante ya que alcanzó poco más del 30
por ciento.
Este es un esquema
general con los partidos nacionales, sin tomar en cuenta las particularidades de
las Comunidades Autónomas (el caso de Cataluña es el más influyente), donde el
poder del bipartidismo ha sido más duramente cuestionado y donde la
fragmentación política es mayor. En Cataluña el fraccionamiento también
es importante, aunque esquemáticamente se puede dividir entre independentistas
y no independentistas.
España, al igual que
otros países del viejo continente, también tiene otro componente que sumar, la
extrema derecha que salió del clóset (Vox) y que, envalentonada, quiere parte
del pastel. Esta agrupación es una escisión de la derecha tradicional (PP) que
ahora busca polarizar más el escenario.
Este ente fue fundado en diciembre
del 2013 y participó en las elecciones generales del 2015 y 2016, con muy
magros resultados (0,23 por ciento y 0,20 por ciento, respectivamente). Sin
embargo, en las elecciones al parlamento de Andalucía, celebradas en diciembre
pasado, obtuvo 10,97 por ciento de los votos, convirtiéndose en un actor
influyente para poder formar gobierno en ese lugar.
Es en este contexto que
el desgaste político del presidente Sánchez, lo pone en una situación de mayor
debilidad. En parte porque su partido, aunque ganó en esos comicios locales, en
realidad perdió el gobierno a manos de un “pacto” entre las tres fuerzas de
derecha (PP, Ciudadanos y Vox), que juntas superan por cuatro la mayoría
necesaria para gobernar.
Por eso ahora las
encuestas se disparan si el experimento andaluz se podría extrapolar a toda
España. Una cosa es cierta, a las tres derechas no les tomó mucho tiempo para llegar
a un “pacto” y gobernar, en cambio a la izquierda le cuesta mucho ponerse de
acuerdo, por el contrario, se pierde una vez más en disputas estériles,
protagonismos y “cotos” minúsculos de poder.
El 26 de mayo próximo
están programadas las elecciones municipales, autonómicas y al parlamento
europeo. La disputa será feroz y en el intermedio, el presidente Sánchez,
tendrá que decidir si termina la legislatura (2020) que depende cada vez más de
la aprobación de presupuestos, para lo cual necesita los votos de los partidos de
izquierda y de los independentistas catalanes. Nada fácil.
Fotografía: Joaquín Pérez.
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