viernes, 1 de febrero de 2019

ESPAÑA Y LA POLÍTICA POROSA





Por: Joaquín Pérez Sánchez







España inicia 2019 en un escenario político poroso que poco cambia en los componentes económicos, pero que en el terreno político se fragmenta como si fuera tierra arcillosa. El presidente Pedro Sánchez, el más débil en el poder en los últimos tiempos, se mueve a traspiés para mantenerse y tratar de cumplir lo que queda de mandato, pero parece una tarea imposible.

Sánchez, está en la presidencia desde el dos de junio pasado, gracias a la Moción de censura que presentó contra el gobierno de Mariano Rajoy (31 de mayo 2018). La corrupción fue el detonante que dinamitó la gestión anterior.

El espectro político español luce igual que casi en todas partes de Europa. Se vive una irrupción de nuevas formaciones o la separación política de fracciones de los partidos tradicionales. El clásico esquema de izquierda/derecha o liberal y conservador, resultan obsoletos. El caso español así lo demuestra.

El 20 de diciembre de 2015 se llevaron a cabo elecciones generales cuyos resultados cambiaron el mapa político español. El Partido Popular (PP) y el Partido Socialista Obrero Español (PSOE), actores privilegiados durante las últimas tres décadas, recibieron una fuerte sacudida y entre las dos fuerzas apenas alcanzaron el cincuenta por ciento de los votos. Hecho que además provocó una política de alianzas para poder formar gobierno.

De esta manera irrumpieron en el Congreso, nuevas formaciones políticas. Podemos desde la izquierda y Ciudadanos desde la derecha. La “ilusión” despertada pronto alcanzó sus límites. En las elecciones del 26 de junio de 2016, las expectativas de cambio político en España se diluyeron en las urnas.

El bipartidismo siguió vivo y los nuevos jugadores alcanzaron sus límites. El PP sigue siendo el más votado, con poco más del 33 por ciento; el PSOE 22 por ciento; PODEMOS 13, 37 y Ciudadanos 13,05. La abstención es importante ya que alcanzó poco más del 30 por ciento.

Este es un esquema general con los partidos nacionales, sin tomar en cuenta las particularidades de las Comunidades Autónomas (el caso de Cataluña es el más influyente), donde el poder del bipartidismo ha sido más duramente cuestionado y donde la fragmentación política es mayor. En Cataluña el fraccionamiento también es importante, aunque esquemáticamente se puede dividir entre independentistas y no independentistas.

España, al igual que otros países del viejo continente, también tiene otro componente que sumar, la extrema derecha que salió del clóset (Vox) y que, envalentonada, quiere parte del pastel. Esta agrupación es una escisión de la derecha tradicional (PP) que ahora busca polarizar más el escenario.

Este ente fue fundado en diciembre del 2013 y participó en las elecciones generales del 2015 y 2016, con muy magros resultados (0,23 por ciento y 0,20 por ciento, respectivamente). Sin embargo, en las elecciones al parlamento de Andalucía, celebradas en diciembre pasado, obtuvo 10,97 por ciento de los votos, convirtiéndose en un actor influyente para poder formar gobierno en ese lugar.

Es en este contexto que el desgaste político del presidente Sánchez, lo pone en una situación de mayor debilidad. En parte porque su partido, aunque ganó en esos comicios locales, en realidad perdió el gobierno a manos de un “pacto” entre las tres fuerzas de derecha (PP, Ciudadanos y Vox), que juntas superan por cuatro la mayoría necesaria para gobernar.

Por eso ahora las encuestas se disparan si el experimento andaluz se podría extrapolar a toda España. Una cosa es cierta, a las tres derechas no les tomó mucho tiempo para llegar a un “pacto” y gobernar, en cambio a la izquierda le cuesta mucho ponerse de acuerdo, por el contrario, se pierde una vez más en disputas estériles, protagonismos y “cotos” minúsculos de poder.

El 26 de mayo próximo están programadas las elecciones municipales, autonómicas y al parlamento europeo. La disputa será feroz y en el intermedio, el presidente Sánchez, tendrá que decidir si termina la legislatura (2020) que depende cada vez más de la aprobación de presupuestos, para lo cual necesita los votos de los partidos de izquierda y de los independentistas catalanes. Nada fácil.



Fotografía: Joaquín Pérez.



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